Es imprescindible una Ley de medios

Es imprescindible una Ley de medios

Gobierno uruguayo propone sustituir la actual Ley de Medios ...

Estimamos que la transición de una democracia liberal a una democracia real, es hoy en la Argentina una problemática de fondo de la lucha por la transformación social, que nos reclama plantear, desde la perspectiva de la batalla cultural que debemos librar, tres frentes de lucha: 1) Por una ley de medios, 2) Por la democratización del sistema educativo y 3) Por la regulación, por parte de los Estados y con implicancias globales, de las grandes plataformas digitales (Google, Microsoft, Amazon, Facebook y Apple)[1].

La batalla cultural es por la opinión pública, hoy bajo el control de la oligarquía[2] a través de su monopolio de los medios de comunicación. Y esta batalla, que no puede separarse de las que debemos librar por la soberanía política y la autodeterminación económico-financiera, nos abre los frentes de lucha que señalamos arriba.

Pero antes de desarrollar el artículo quiero plantear dos cuestiones que considero relevantes. Primera cuestión, el posicionamiento político. Me posiciono como ciudadano politizado, a partir de asumir la evidente contradicción dominadores-dominados y realizar mi opción ético-política por los dominados. Esto tiene implicancias importantes, porque en este posicionamiento estoy más allá de toda filiación partidaria, lo que no quiere decir que no la tenga, porque la tengo, incluso practico una militancia, pero aquí estoy pensando y escribiendo como ciudadano politizado, desde una dimensión trascendente de la política, esto es, que va más allá de partidos y agrupaciones políticas. En otros escritos señalé la importancia de considerar la “autonomía relativa del poder popular respecto del poder político”[3] que, por supuesto, tiene un entramado partidario. Como ciudadano consustanciado con el pueblo me encuadro en dicho concepto.

Es bueno saber que en el marco de la contradicción dominadores-dominados es donde se establece nuestra identidad ideológica, que es previa y fundante respecto de toda definición partidaria. Se trata de una opción filosófico-existencial y, por eso, trascendente, por lo tanto previa y que va más allá de las definiciones partidarias. En la dimensión trascendente se da nuestra politización y en la dimensión inmanente de la política nuestra partidización[4]. Por lo tanto, estamos politizados antes de partidizarnos.

La segunda cuestión, es ser conscientes y obrar en consecuencia, respecto de que los gobiernos, en este caso los de sesgo nacional y popular, están condicionados por una “espiral de temor”, que más abajo desarrollamos con mayor detenimiento. Por un lado, es evidente que la opinión pública dominante es creada por la oligarquía, porque tiene el control monopólico de los medios de comunicación masivos. Por el otro, en la democracia liberal los gobiernos dependen del consenso y aceptación de la opinión pública para llegar y mantenerse en el poder. Ahora bien, si esa opinión pública es hostil al gobierno, éste se cuidará mucho de tomar decisiones que vayan en contra de esa opinión, que está siendo en todo momento manipulada por la oligarquía en su contra. En este juego de poder, el gobierno entra en una espiral de temor que le hace, muchas veces, renunciar a tomar decisiones que son imprescindibles para luchar con éxito contra una oligarquía en permanente acción destituyente. Tomemos consciencia aquí de la enorme importancia que tiene disputarle a la oligarquía su monopolio mediático. Y una forma inevitable de comenzar esa lucha es con una ley de medios.

La opinión pública es creada o, por lo menos, influenciada notoriamente por los medios de comunicación, hoy monopólicos y hegemónicos. Aquí voy a hacer pie en la excelente investigación de una socióloga alemana, Elisabeth Noelle-Neumann quien, en su libro “La espiral del silencio. Opinión pública nuestra piel social”, publicado en 1977, elabora una teoría de la comunicación en la que sostiene que la opinión pública es una forma de control de la masa social[5]. Esto quiere decir que la opinión pública dominante o, por lo menos, de una parte importante de la ciudadanía, incide sobre la población, de tal manera de sumergir a los ciudadanos en una espiral de silencio, precisamente por el miedo a quedar segregados por contradecirla. Para no quedar descolocados, para no quedar solos frente a la opinión dominante, para no sufrir una especie de exilio social, los ciudadanos se sumergen en el silencio, no critican, no debaten, no discuten, sino que acallan su voz. Pero la opinión pública dominante, que es construida por la oligarquía a través de su control de los medios de comunicación masivos que monopolizan, intimida, y no sólo a importantes sectores de la población, sino también a los gobiernos, que temen contradecirla con sus decisiones porque dependen de dichos sectores para seguir en el poder. Es así como también podemos hablar de una “espiral del temor”, esta vez referida a los gobiernos. Esta opinión pública dominante, aunque sólo sea la de una parte de la población, inhibe a los gobiernos de tomar decisiones. ¿Qué decisiones?, precisamente aquellas que van a contrapelo de dicha opinión pública dominante. ¿Cuál es el temor de los gobiernos?, es muy simple la respuesta: la población vota y depende de su voto para seguir en el poder. Y si una parte importante de la ciudadanía es manipulada por la oligarquía, entonces, el futuro de los gobiernos comprometidos con los intereses populares entra en un cono de incertidumbre..

Fijémonos en la importancia que reviste para la oligarquía construir esa opinión pública. ¿Por qué?, porque va a ejercer una notable presión, no sólo sobre la ciudadanía, sino también sobre el gobierno. Esto explica por qué los gobiernos de sesgo nacional y popular muchas veces no abordan tareas y acciones que son imprescindibles para luchar con posibilidades de éxito contra la oligarquía. La opinión pública dominante, creada por la oligarquía a través de su control de los medios de comunicación, las grandes plataformas digitales (Google, Microsoft, Amazon, Apple, Facebook) y las redes sociales, es un arma letal contra los anhelos y expectativas de transformación social de los pueblos. Esta opinión pública, que es construida por los medios monopólicos a través de la acción de todo un conjunto de operadores periodísticos, que por supuesto no son periodistas, al servicio de los intereses de los sectores dominantes, es una notable amenaza para las aspiraciones a una verdadera democracia, ya que a la democracia liberal no la afecta, sino por el contrario, en este caso se convierte en uno de sus instrumentos al servicio de la oligarquía.

Como ciudadano politizado me produce una enorme indignación y rabia, vivir en una sociedad cuyo espacio mediático, casi en su totalidad, que es fundamental para que la ciudadanía esté bien informada y pueda empoderarse, es asaltado diariamente por toda una caterva de manipuladores profesionales, desinformando, mintiendo, difamando, operando contra el gobierno popular y sus figuras. Y me digo todo el tiempo: “es necesario hacer algo, es imperioso que el gobierno tome cartas en este asunto”. La manipulación y envenenamiento sistemático y continuo de la población tiene graves consecuencias. Y una de ellas, muy temible, es que la derecha saqueadora y anti patria vuelva a conseguir el poder político. De sólo pensarlo siento escalofríos.

El Pro no es un partido político, Juntos por el cambio no es una alianza política, son los dominadores camuflados como una oferta política en una democracia, como la liberal, que lo permite. Lo mismo ocurre con los operadores mediáticos de la oligarquía, no son periodistas, son los dominadores camuflados en televisoras y radios del Grupo Clarín y sus socios. Hay noticias que son desalentadoras, por ejemplo, el aumento del rating de noticieros como A24, con operadores periodísticos del establishment de poder, como Antonio Laje, Maximiliano Montenegro, Facundo Pastor , Jonathan Viale, Eduadro Feinmann y Baby Etchecopar, por nombrar a los más notorios. Verdaderos cipayos mercenarios. Yo mismo tengo vecinos, del campo popular, buena gente, personas honestas que viven de su trabajo, que les cuesta llegar a fin de mes y que luchan todos los días para conseguirlo, que ven y admiran a Baby Etchecopar. Que nos quede bien claro, no son periodistas, son enemigos de la patria y del pueblo.

Como ciudadano politizado y en este caso no partidizado, aunque ambas posiciones no se contrapongan, estimo que no se puede seguir tolerando esta manipulación de la ciudadanía, es preciso tomar consciencia de que debemos hacer algo. Esta es la razón de ser de esta publicación.

El problema que estamos analizando tiene varios puntos de abordaje y uno principal es la desmonopolización de los medios de comunicación, esto es, su democratización mediante una Ley de medios, como la que tuvimos en el gobierno de Cristina Fernández, que fue neutralizada por las cautelares de los jueces subordinados al grupo Clarín y finalmente derogada de un plumazo por un DNU de Mauricio Macri apenas asumió el gobierno. Lamentablemente, Alberto Fernández renunció a su reedición en la campaña electoral y hoy, a pesar de una presión mediática, cada vez más descarada, sobre el gobierno, sus figuras y quienes lo apoyan, no se avizora que ello pueda suceder. Es cierto que la lucha contra la pandemia, que con una acertada estrategia el gobierno está llevando con mucho éxito priorizando la vida de las personas por sobre las presiones de una oligarquía que sólo piensa en sus negocios, está absorbiendo todas sus energías, no obstante, hay otros temas que merecen mucha atención y éste es, sin duda, uno de ellos. Es imprescindible una Ley de medios que pueda ser aplicada.

Pero como no somos ingenuos sabemos que el gobierno no está en buena posición, no sólo por la lucha contra la pandemia, que ha acrecentado el desastre económico-social que nos dejó Mauricio Macri, sino porque la oligarquía, a pesar de haber perdido el gobierno, está intacta y con todo su poder de fuego. El blindaje a Mauricio Macri y a todo su séquito de saqueadores sigue vigente y los operadores mediáticos destituyentes están trabajando a todo vapor, por lo que el gobierno no debería descuidarse, ya que el peligro es grande.

Pero el temor es el peor de los consejeros, ¿por qué?, porque la oligarquía, si no se la enfrenta, avanza. Si huele debilidad ataca. Si no la enfrentamos gana terreno, que después es muy difícil de reconquistar. Lo sabemos por experiencia. Hablamos de enfrentarla, pero ¿quién debe hacerlo? En mi último libro hablé de la importancia de la convergencia del poder popular y el poder político:

“Tenemos experiencia de que, sin poder popular, los gobiernos de signo progresista no se pueden sostener y terminan derrotados por la oposición de la derecha neoliberal. De la misma forma, sin poder político, las conquistas logradas por dichos gobiernos se pierden rápidamente y los pueblos comienzan a sufrir. Sólo la amalgama dialéctica entre poder popular y poder político, puede permitirnos pensar en la posibilidad de una derrota duradera del neoliberalismo”[6].

En esta lucha, que es continua, es fundamental ir ganando batallas. La de la Ley de medios la perdimos en el gobierno de Cristina, aunque debamos valorar, más allá de su fracaso, que se haya dado esa lucha. Pero si ahora nos resignamos a no luchar por ella, bueno, entonces habremos perdido la batalla antes de comenzarla.

Es lógico que si planteamos nuevamente la necesidad de una ley de medios vamos a recibir una catarata de voces de los esbirros mediáticos, que saldrán como lo hicieron con Cristina, a gritar: “nos quieren robar la libertad de expresión”, “esto se va a convertir en una dictadura”, “el gobierno va a acaparar todas las voces”, etc, etc. No puedo olvidarme del operador Nelson Castro que, con tono de catástrofe, decía: “Si sale la Ley de medios TN va a desaparecer y con ella, tu voz, porque TN es la voz del pueblo”. También recuerdo lo que les decía a mis alumnos de Ciencias Políticas en la UBA, muchos de los cuales estaban preocupados por el falso temor que les inculcaban. Yo les decía: “qué bueno que desapareciera TN, sería un suceso extraordinario”. Pero aunque griten como antaño, tenemos argumentos sobrados para reclamarla, porque la desinformación y manipulación que generan los medios es muy fácil de probar. Blindan a los funcionarios del gobierno anterior, empezando por Macri, que han cometido todo tipo de delitos contra el Estado y contra el pueblo y atacan con renovada furia, sin piedad y sistemáticamente, al gobierno de Alberto.

El gobierno actual, sin duda, tiene figuras que son irritantes para la oligarquía, sobre todo Cristina y sus funcionarios, como Axel Kiciloff, Gobernador de la Provincia de Buenos Aires y y Daniel Gollán, su Ministro de Salud, a quienes no paran de atacar de distintas formas. Cristina es irritante para la oligarquía, precisamente por su compromiso con la causa popular. Como lo era Evita, aunque no pretendemos compararlas. ¿Por qué la odian a Cristina? Está claro, la odian por lo bueno que tiene, la oligarquía no odia por lo malo. ¿Y qué es lo bueno? Interesarse por el pueblo, porque a ellos el pueblo les importa un comino, lo desprecian. Asumir el gobierno con la intención de mejorar la situación de los sectores más vulnerables y tender hacia la soberanía política y la autodeterminación económica, con todos los enormes obstáculos que dichas tareas entrañan en países, como el nuestro, que están bajo la esfera de la geopolítica de Washington y sus oligarquías locales subordinadas que, como estamos viendo, trabajan en una continua erosión y desgaste para evitar la emergencia y el mantenimiento de gobiernos de signo nacional y popular en la región.

El pueblo y el gobierno deben comprender que el riesgo de no tener una Ley de medios, es mucho mayor que el riesgo de luchar por ella.

Tenemos que saber que la oligarquía, con el Grupo Clarín, los medios hegemónicos y su falso periodismo cipayo, todos, no trabajan solamente en contra de un gobierno de sesgo nacional y popular, sino que lo hacen en contra de la patria y en contra del pueblo. Debemos saber que no son un grupo político, no!!, son un grupo dominante, no nos confundamos. Se conforman como grupos políticos, enmascarándose para operar en la democracia liberal, que permite este juego y, desde ahí, generar brechas para fragmentar en partidos el campo popular. Y esta división es fatal, porque la cruda realidad es que los partidarios, afiliados y militantes de esos partidos, salvo por supuesto los de la oligarquía, tienen el mismo enemigo. El enemigo es común y se pelean entre ellos, qué gran negocio para la oligarquía.

La oligarquía, vale repetirlo, se camufla como partido político en la democracia liberal, que permite estos ocultamientos. Permite los camuflajes y las brechas partidarias ridículas inventadas por la derecha para dividir el campo popular. Porque la única brecha que existe es la de oligarquía-pueblo, que no se va a saldar con gestos morales de consenso ni otros artilugios parecidos y sólo podrá superarse con la lucha de un poder político en convergencia con el poder popular.

Más allá de la pandemia, un enorme problema que está siendo abordado con éxito por el gobierno popular, hay otros problemas de fondo. Uno de ellos, sin duda, es el de los medios de comunicación monopólicos. Es denigrante e indignante levantarse todos los días a comprobar cómo estos esbirros de la oligarquía envenenan de odio a una parte importante de la población. Y no es un mero problema personal, sino que somos conscientes de que estos mercenarios tienen una enorme audiencia. Cuando nos enteramos de que, por ejemplo, A24 llena de operadores periodísticos cipayos, aumenta su rating, sentimos una gran desazón.

Finalmente, convoco a todos los ciudadanos que quieran a la patria, que quieran a la Argentina y a su pueblo, a tomar consciencia de su necesidad e incidir sobre el gobierno para que haya una Ley de medios, que democratice el espacio comunicacional y que pueda ser aplicada. Si la oligarquía es quien crea y maneja a la opinión pública, en el marco de la democracia liberal estamos condenados a sufrir otra vez el desastre de ser gobernados por la derecha neoliberal. Tenemos que decidirnos a luchar, es primordial que lo hagamos, para que el neoliberalismo no vuelva nunca más.

8-6-2020

José Luis Lens Fernández

Filósofo-Politólogo-Educador

  1. Las luchas de los frentes 2) y 3), los trabajaremos en otros artículos.

  2. El concepto de “oligarquía”, que ha adquirido diferentes significados, debe ser entendido aquí desde su pura acepción etimológica. Es un término de origen griego que significa: oli: escaso o poco y arjé: poder, esto es, el “poder de unos pocos”.

  3. Corolario 4.8: La autonomía relativa estratégica del poder popular respecto del poder político de sesgo nacional y popular, en: Lens, José Luis (2018) Nosotros somos los que estábamos esperando. Buenos Aires: VI-DA TEC Editores, página 346.

  4. Ver: Las dos dimensiones de la política, en: Lens, José Luis (2018) Nosotros somos los que estábamos esperando. Buenos Aires: VI-DA TEC Editores, página 99.

  5. Ver: La espiral del silencio y las políticas del embuste permanente, en: Lens, José Luis (2018) Nosotros somos los que estábamos esperando. Buenos Aires: VI-DA TEC Editores, página 239.

  6. Ver: La conjunción dialéctica de poder popular y poder político, en: Lens, José Luis (2018) Nosotros somos los que estábamos esperando. Buenos Aires. VI-DA TEC Editores, página 164.

José Luis Lens

Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación. Actualmente, Profesor Titular de la Cátedra de Educación Popular en la FCH-UNCPBA y Profesor Adjunto de Ciencias Políticas en la UBA-CBC.

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