Oligocracias liberales

Oligocracias liberales

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Seguimos hablando y creyendo que vivimos en “democracias liberales”, cuando en realidad lo que tenemos son oligocracias liberales. En principio, si partimos de un entendimiento cabal del significado del concepto de democracia, no podremos dejar de reconocer que se refiere al poder del pueblo: “democracia es el poder del pueblo”. Así la entendía el filósofo Cornelius Castoriadis, cuando en 1993 brindó una conferencia en la Universidad de Buenos Aires:

“Democracia: es nada más ni nada menos que el poder del pueblo. No hay lugar para juegos filosóficos o hermenéuticos. La democracia es el poder del pueblo. Entonces, es una vergonzosa hipocresía decir hoy que hay algún país en este planeta en que el pueblo tiene el poder. Consideremos los regímenes políticos en los países occidentales. Si miramos, no la letra de las constituciones, sino el funcionamiento real de las sociedades políticas, comprobamos inmediatamente que son regímenes de oligarquías liberales”.

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Castoriadis se preguntaba, con la hermosa frescura de los filósofos, desaparecida en estas épocas de posverdades: “Si democracia es el poder del pueblo, ¿díganme, entonces, donde hay una democracia?

En un ejercicio imprescindible de sanidad mental, por supuesto de gran coraje en épocas de posverdades, fakes news y monopolios mediáticos, vamos a partir en nuestro razonamiento del concepto de democracia más fiel a su etimología y más claro, sintético y contundente que existe: “democracia es el poder del pueblo” Si esto es así y si seguimos una lógica de respecto a la verdad, también muy rara en estos tiempos, vamos a concluir necesariamente que todo lo que “desempodere” al pueblo va en detrimento de la democracia, la degrada. Si respetamos esta lógica, inevitablemente nuestras “naturalizaciones” van a sufrir un colapso. En primer lugar va a sufrirlo nuestro hábito de seguir denominando “democracia” a lo que no lo es. Por ejemplo, acabo de escuchar decir en un reportaje televisivo a un periodista supuestamente crítico del neoliberalismo que, si bien Jair Bolsonaro le parecía un personaje negativo para la política y el Brasil y que venía a realizar un proceso de “entrega” de la economía a los capitales extranjeros, sin embargo, él no cuestionaba su legitimidad democrática. En suma, daba por sentado que era un presidente democrático, por lo menos en lo que hace a su legitimidad de origen. Aquí, como en innumerables casos parecidos, el supuesto es que vivimos en un sistema democrático, cuando los hechos nos señalan que no lo es. Ocurre que está funcionando lo que nosotros denominamos: “Fetichización de la democracia”. No obstante, vamos a mostrar con sólidos argumentos que esto es un error, no vivimos en sistemas democráticos, sino oligocráticos, esto es, estamos gobernados por minorías que, con una falsa fachada democrática, imponen discrecionalmente su poder a todo el conjunto de la población.

Primeramente mostraremos, mediante una alusión a dos recientes ejemplos concretos que, si bien el modelo formal se sigue llamando “democracia”, las condiciones y situaciones de nuestros sistemas políticos son completamente antidemocráticas. Nos referimos a las elecciones de Mauricio Macri en 2015 y Jair Bolsonaro en 2018. Nuestro razonamiento se basa en una idea sencilla pero argumentalmente poderosa, que se sostiene en el fenómeno del “desempoderamiento popular”. Por supuesto, un fenómeno que no es natural, sino inducido, provocado intencionalmente por las élites de poder. En sendos actos electorales ambos candidatos llegaron al poder después de campañas plagadas de irregularidades y estafas y, en el caso del Bolsonaro, después de que el establishment derribara en forma espuria a dos figuras relevantes de la política brasilera. A Dilma mediante un golpe de estado judicial y, luego, el encarcelamiento sin pruebas de Lula, el candidato que más medía y se encaminaba a ganar las alecciones, por supuesto todo amañado y promovido por Washington[1].

El “desempoderamiento” popular y, por ende, la degradación de la democracia, se produce mediante varios procesos, todos propiciados por el establishment global-local. Veamos.

Inexistencia de una educación política.

No existe la educación política. Es más, gran parte de la ciudadanía ignora que debe existir, lo que es imprescindible en una democracia que se precie de tal[2]. La educación política se orienta a promover conocimientos y competencias en la ciudadanía orientados a permitirle participar en la “transformación” de la sociedad. Está claro que esta educación no la proporcionará el establishment porque sería un suicidio y las clases dominantes sabemos que no se suicidan. Lamentablemente, los sectores dirigentes y economistas neoliberales, con sus incesantes y sostenidos ataques al Estado, están negando y suprimiendo también la educación para la adaptación, porque la educación pública es, para ellos, un gasto que debe reducirse. Como podemos inferir, las circunstancias nos obligan necesariamente a posponer la lucha por la educación política y abocarnos a resistir el embate neoliberal para desmantelar los sistemas de educación pública. Lo que en las décadas de los sesenta y setenta se daba por sentado y firme, la educación pública, una educación que tiene por finalidad darnos herramientas para adaptarnos al mundo creado por los dominadores, hoy se transformó en una lucha para que no nos excluyan de esa posibilidad[3]. Fijémonos qué lejos, por efectos del avance de la derecha en estos últimos años en la región, nos está quedando la educación política.

No obstante, la elevación del nivel de alfabetización política del amplio campo popular es un objetivo excluyente de la lucha por frenar y superar el proyecto neoliberal apoyado activamente por el continuo intervencionismo de los Estados Unidos en nuestros países. Los gobiernos de signo nacional y popular no deberían descuidar este punto

Desaparición del derecho a la información

Tampoco existe el derecho a la información. La mayoría de la población ni siquiera tiene idea del concepto. Menos aun de su importancia para la vigencia de una auténtica democracia. Si no tenemos idea, menos aun vamos a defender y pelear por la vigencia y aplicación de este derecho. ¿Dónde queda el derecho a la información de la ciudadanía cuando los medios de comunicación conforman un monopolio absoluto al servicio completo de la derecha neoliberal sostenida por Washington en la región? Y si este derecho está conculcado ¿dónde queda la democracia entendida como el poder del pueblo? Es más que evidente que el monopolio mediático es un severo factor de desempoderamiento popular, ya que una población desinformada es blanco fácil de la manipulación de los sectores dominantes.

Los medios de comunicación, con el Grupo Clarín a la cabeza, son quienes fijan la agenda de la mentira programada. No es sólo desinformar, sino que también se practica la mentira en forma sistemática. Las fake news (noticias falsas) están a la orden del día[4]. La población, los/as votantes, es envenenada en forma cotidiana. Las posibilidades de acceso a otro tipo de información es mínimo, ya que prácticamente el noventa y ocho por ciento de los medios está bajo control del establishment. El nivel de inmoralidad de quienes conducen estos medios y los periodistas que los secundan no tiene parangón en la historia de nuestro país y la región. Es inédito.

La violación del principio de la independencia de los poderes. La imposición del Poder ejecutivo sobre el Judicial

La claudicación del Poder Judicial, en la figura de importantes jueces de la Nación, frente al Ejecutivo, es un hecho que no se puede ocultar. Son los medios hegemónicos, en contubernio con el gobierno oligárquico, quienes marcan la agenda de una cantidad importante y decisiva de jueces de la Nación. Mediante esta práctica, se llevaron y llevan a cabo innumerables operaciones mediático-jurídicas. Sobre todo en contra de figuras del espectro político nacional y popular[5], mientras se viola sistemáticamente la Constitución Nacional.

Decir que está en marcha un Plan Cóndor mediático-judicial en la región no es una exageración. Los golpes a Zelaya en Honduras, Lugo en Paraguay, Dilma en Brasil, la proscripción de Lula también en el Brasil, los intentos de golpe a Correa en Ecuador, el acoso a Evo en Bolivia y a Ortega en Nicaragua, la persecución a Cristina, el inmoral y brutal bloqueo, así como los sucesivos intentos de golpe de Estado a Venezuela, son evidencias difíciles de ocultar.

Solamente reflexionar sobre el tremendo apagón informativo, que aniquila nuestro derecho a la información, basta para dimensionar la enorme manipulación a la que estamos sometidos los pueblos de la región.

Díganme, con una mano en el corazón, ¿podemos hablar de democracia en estas condiciones? Sobre todo tomando como referencia que la entendemos como el poder del pueblo. No cabe duda de que el desempoderamiento popular degrada y extingue a la democracia. En esta situación, es totalmente pertinente definir a nuestro sistema político como una “oligocracia”, esto es, el gobierno de unos pocos, de una élite de poder. Si esto es así, ¿por qué seguimos naturalizando una situación irregular’, ¿por qué seguimos fetichizando a la democracia liberal?, ¿por qué seguimos legitimando el gobierno de Cambiemos apelando a que fue el resultado de elecciones democráticas, de qué fue elegido libremente por el pueblo?, ¿cuál es la libertad de ciudadanos sin educación política y privados completamente del derecho a la información?, ¿cuál es la libertad de elegir de ciudadanos desinformados, manipulados, engañados y estafados? ¿cuál es la calidad de su voto?

A partir de aquí nos aparece una pregunta inquietante. En la era de la posverdad y con el monopolio de los medios de comunicación, las operaciones mediático-judiciales, las fake news, los trolls, la Big Data algorítmica y algunos otros trucos que por ahí se me escapan, la derecha neoliberal del comando imperial de Washington en la región logró “formatear” la “democracia” a la medida de sus intereses de dominio, lo que le dio un buen resultado hasta el momento. Ahora bien, ¿Qué pasaría si estas estrategias comenzaran a perder eficacia? No tenemos ninguna duda que buscarían otras formas. Lo que ya estamos viviendo en la región. Nicolás Maduro ganó ampliamente las elecciones de mayo de 2018 y, sin embargo, está siendo asediado tenazmente por Washington, sus satélites de la región (El Grupo de Lima) y la decadente Europa, hoy arrodillada ante los Estados Unidos[6].

La derecha neoliberal es intrínsecamente autoritaria, se mueve y actúa a partir de su ADN opresor y, por lo tanto, es claro que no tiene vocación democrática. Washington, por ejemplo, usa el concepto de “democracia” con un cinismo increíble. Vende al mundo la idea de la necesidad de restablecer la democracia en Venezuela, mientras tiene como aliado a Arabia Saudita, una feroz tiranía, ¿Por qué no se plantea implantar la democracia en Arabia Saudita? Es lógico, porque es su aliado y le sirve a sus objetivos de dominio. Recordemos la anécdota de Franklin Delano Roosvelt. Cuentan que en 1939, Roosevelt estaba trabajando con un colaborador que le hablaba de las iniquidades del dictador nicaragüense Anastasio Somoza. Roosevelt escuchaba atentamente. Cuando su interlocutor terminó de describir las acciones opresivas que ejercía Zomoza sobre el pueblo de Nicaragua, el presidente de los Estados Unidos mirándolo fijamente le dijo:

“Puede ser que Somoza sea un hijo de puta. Pero es nuestro hijo de puta”.

A confesión de partes, relevo de pruebas.

  1. Tengamos claro que los EE.UU son impulsores, a partir de su geopolítica injerencista de dominación, de “todos” estos procesos.
  2. Cuando se habla de “educación”, la gran mayoría de las personas piensa, en forma excluyente, en una educación orientada a facilitarle a la población su “adaptación” a la sociedad existente, precisamente, al sistema creado por el capitalismo neoliberal. No negamos la importancia de la educación para la “adaptación”, pero tengamos claro, que la educación para la “transformación” es imprescindible para ser verdaderamente libres, y no sólo como personas, sino principalmente como pueblos.
  3. Paulo Freire decía en esa época, que la educación, que es pública, debía también ser popular.
  4. En las elecciones de 2015, donde fue elegido Mauricio Macri, se pergeñaron y llevaron a cabo varias operaciones mediático-judiciales, entre las cuales destacamos la realizada contra el ex Jefe de gabinete de Cristina Fernández, Aníbal Fernández, quien fue acusado de narcotraficante e instigador de una serie de asesinatos, mediante testigos falsos y operadores periodistas y políticos como Jorge Lanata y Lilita Carrió. Hoy está claro que la acusación era totalmente falsa, pero eso no importa para los que imaginaron y llevaron adelante la operación, porque el objetivo fue logrado: arruinarle la elección a Aníbal Fernández y perjudicar la elección nacional del peronismo. Hasta hoy no escuché a ninguno de los que participaron en esta canallada reconocer que lo actuado, por lo menos, fue un error.
  5. Sin duda, la persecución política despiadada a la ex presidenta Cristina Fernández, ejemplifica perfectamente esta operatoria. El caso de Lula es todavía más canallesco y dramático, que ya es mucho decir, porque está preso sin pruebas.
  6. ¿Cuál es la confíanza que podemos depositar hoy en la democracia liberal? ¿Qué nos garantiza que la derecha neoliberal dirigida por Washington no va a embarrar la cancha de alguna forma para que Cristina no se pueda presentar? Y si se puede presentar, ¿qué nos garantiza que los Estados Unidos, centro rector de las derechas de la región, va a aceptar buenamente lo que señalen las urnas? Nuestras dudas son muy inquietantes. No nos engañemos más, si nuestros sistemas políticos son tutelados y manejados por Washington, seguir diciendo que vivimos en democracia es realmente una tremenda ingenuidad.

José Luis Lens

Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación. Actualmente, Profesor Titular de la Cátedra de Educación Popular en la FCH-UNCPBA y Profesor Adjunto de Ciencias Políticas en la UBA-CBC.

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