La mentira de la posverdad

La mentira de la posverdad

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El témino “posverdad” está de moda. Tanto es así, que en 2016 fue la palabra del año para el Diccionario Oxford. Para este diccionario, “posverdad denota circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a las creencias personales”. No obstante, la posverdad es más vieja que el mundo y para nosotros merece una severa crítica, porque, en realidad, es un eufemismo de “mentira”. Le llamamos posverdad o lo que, sencillamente, es una mentira. No degrademos a la “verdad”, porque sin ella, todo está perdido. Por eso, decimos que el término “posverdad” es una mentira. Y lo es, porque al incorporar el concepto de verdad, lo degrada. Cuando los hechos de la realidad concreta no cuentan, cuando lo que importa es lo que “parece” y no lo que “es”, estamos en el reino de la manipulación y la mentira. Y la posverdad es una manera mentirosa de referirse a ese mundo de la simulación y la estafa.

El concepto de posverdad es hijo del marketing político. Aparece cuando la comunicación política es más importante que los hechos. Es la inversión del conocido y valioso: “res non verba” (hechos no palabras) romano. Sería algo así como, “verba non res”. Las palabras, los relatos y el marketing político, gravitan por sobre los hechos, por sobre la realidad fáctica, que es la que siempre, tarde o temprano, desmiente dramáticamente todos los relatos. Estudiar continuamente los pensamientos, hábitos y conductas de la gente para decirles lo que quieren oír y mantenerlos engañados. Mientras las palabras mentirosas llegan a las subjetividades condicionadas, los hechos concretos erosionan la vida de quienes las compran. La idea es conquistar y moldear la subjetividad de la población para convertirla en enemiga de sí misma. A esto hoy se le llama “posverdad”. Y el gurú de la posverdad del macrismo, es Jaime Durán Barba. Por eso, su libro: “El arte de ganar”, debería llamarse: El arte de engañar.

El engaño de Durán Barba es científico, porque se basa en el estudio, mediante grupos motivacionales (focus groups) y entrevistas, de las personas, para descubrir cuáles son sus hábitos, qué es lo que les interesa, qué los conmueve, qué es lo que les importa, cuáles son sus anhelos y cuáles son sus principales valores. Descubiertos los perfiles subjetivos de las personas, está abierto el camino para capturar sus votos mediante la manipulación a través de diferentes estrategias de marketing político, operaciones mediático-judiciales, mentiras calculadas, olas de rumores, manejo espurio de los indicadores económicos, etc[1]. Operando de esta manera sobre la población se consigue crear una opinión pública favorable a los valores e intereses de la oligarquía.

A toda esta parafernalia de patrañas, mentiras, montajes, shows y operaciones mediático-jurídicas se las legitima dándoles el nombre de posverdad, cuando, en realidad, estamos frente a la “gran estafa macrista”.

La posverdad es una forma reduccionista y simplificada de referirse a la gran conquista de las subjetividades por parte del sistema capitalista, cuestión que investigó con notables resultados Herbert Marcuse en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado.

Sin pretender realizar un análisis exhaustivo debemos tener alguna idea de cuáles son las claves del poder del capitalismo neoliberal. Ya hemos visto que existe una geopolítica global de dominación de quienes comandan el orden capitalista neoliberal. Este orden está instaurado sobre tres pilares que están dialécticamente relacionados:

1) Un sistema de producción-consumo; el capitalismo,

2) Una cultura funcional, complementaria y legitimadora de dicho sistema, la cultura occidental consumista y

3) Un modelo de gobierno que permita la administración funcional de las instancias 1) y 2), que es la democracia liberal.

Ya sabemos cómo funciona esto. Lo hace sobre la base de una coacción material y una dominación cultural. El modelo de producción-consumo está basado en el lucro, esto es, la maximización de las ganancias de las corporaciones y empresas. Estas ganancias circulan y alimentan un sistema económico-financiero que genera más dinero. Y ya es evidente que ha habido un sustancial crecimiento del capitalismo financiero por sobre el capitalismo industrial.

La dominación material se basa en el sistema de producción-consumo instrumentado por las corporaciones y empresas de producción y servicios, cuyo objetivo primordial es la rentabilidad, más allá de cualquier otra preocupación social, medioambiental y humana.

La promoción y mantenimiento de este modelo se garantiza, desde la coacción material, mediante poderosos aparatos militares. El líder militar del planeta y, por ende, del orden capitalista neoliberal, que es alimentado por una de las más grandes corporaciones, el complejo militar-industrial, es Estados Unidos, quien tiene desparramadas por todo el globo cerca de mil bases militares. Este poder intervencionista y disuasivo, garantiza por la fuerza la promoción y mantenimiento del sistema. Esta es una de las caras del poder, las otras dos piezas del puzle, con la que se cierra el modelo de dominación que son, por supuesto, completamente funcionales y complementarias, son la cultura consumista, instalada en el planeta por los Estados Unidos, que desparramó en el mundo su modo de vida, el modo de vida norteamericano, el amerian way of life, y la democracia liberal (representativa). Todo esto se resume en un concepto: la colonización de las subjetividades, que debe apelar a la manipualción y la mentira, lo que hoy algunos denominan, en forma eufemística, “posverdad”.

La cultura consumista se instaló y se mantiene en el mundo, a partir de lo que los teóricos denominan e identifican como biopolítica. Quien primero percibió lo que significa y puede la biopolítica, aunque nunca usó este concepto, fue Hebert Marcuse. Mejor que explicar el concepto, es brindarles unas citas seleccionadas de sus obras:

“La llamada economía de consumo y la política del capitalismo accionario han creado en el hombre una segunda naturaleza que lo liga en forma libídica y agresiva a la forma de la mercancía. La necesidad de poseer (tener), de consumir, de emplear, de renovar constantemente los aparatos, los descubrimientos, los motores ofrecidos e impuestos a la gente, de usar estos bienes también a riesgo de la propia destrucción, se ha transformado en una necesidad biológica, en el sentido que acabamos de definir. Así, la segunda naturaleza del hombre milita contra cualquier cambio que pueda socavar, o directamente abolir esta dependencia del hombre de un mercado cada vez más excesivo de mercaderías –de abolir su existencia como consumidor-, que se consuma en la compra y la venta. Las necesidades generadas por este sistema, son necesidades eminentemente conservadoras, estabilizadoras, la contra-revolución anclada en la estructura instintiva (…) No son los automóviles, ni los televisores, ni los aparatos eléctricos los que deben suprimirse, sino su incorporación a la existencia de las personas, a convertirse en parte esencial de su realización. De esta manera deben comprar en el marcado partes esenciales de su existencia, la cual es la realización del capital….La autodeterminación, la autonomía del individuo se afirma en el derecho de correr con el automóvil, de manejar los instrumentos a motor, de comprarse una pistola, de comunicar su opinión a vastas masas del público, por ignorante o agresivo que pueda ser…El sistema se reproduce a partir de generar “servidumbre voluntaria”…Los resultados justifican el sistema de dominación. Los valores establecidos -instalados en la dimensión orgánico-biológica de los individuos- se transforman en valores la población: la adaptación se convierte es espontaneidad,autonomía, y la elección entre las distintas necesidades impuestas aparece como libertad. (Marcuse, H., 1969: 19-20).

“La gente se reconoce en sus mercaderías; encuentra su alma en su automóvil, en su aparato de alta fidelidad, en su casa, su equipo de cocina. El mecanismo que une al individuo a su sociedad ha cambiado y el control social se ha incrustado en las nuevas necesidades que ha producido”. (Marcuse, H., 1972: 39).

Los requerimientos del sistema se incrustan en la estructura biológica de los individuos, se convierten en una segunda naturaleza y, por lo tanto, sus valores, hábitos y conductas reproducen el modelo. Como dice Marcuse, la contrarrevolución se instala, como un ente extraño, en el interior de la población. Y esto configura un enorme problema para el surgimiento de una auténtica conciencia crítica, único lugar desde donde puede nacer el impulso necesario para la búsqueda comprometida de otro mundo posible. Este es un rasgo clave del poder del orden capitalista neoliberal establecido, a la vez que, por esa razón, se convierte en uno de nuestros principales desafíos en la lucha por una nueva hegemonía de signo popular.

Esta instalación biopolítica es un primer estrato fundamental, porque se configura como una antropología cultural, una aculturación que define un biotipo de individuo básicamente conservador, individualista, egoísta y, por lo tanto, insolidario, incapaz de pensar y obrar a favor de la idea de que el bienestar general es la mejor garantía para su buen vivir personal y el de sus seres queridos. Sobre este sustrato fundamental es que trabajan los medios de comunicación monopólicos corporativizados.

Es importante saber que, más allá de su adaptación biopolítica al sistema, las personas siempre guardan un sustrato de instintos positivos, éticos, benéficos, solidarios. Bueno, una de las tareas de los medios monopólicos es mantenerlos dormidos, anestesiados. Y esto lo logran desinformando y manipulando de muchas maneras lo que informan. Sorprendentemente, Marcuse ya lo tenía claro en la década de los sesenta del siglo pasado:

“Monopolio de la información”:

Esta monopolización de informaciones estandarizadas -información nivelada según los intereses del sistema- esta monopolización (y creo que es algo en lo que debemos pensar muy seriamente), esta situación ha bloqueado realmente el proceso democrático. Es decir, ha creado una mayoría que es conservadora y que se perpetúa, en vista del hecho de que los medios de persuasión accesibles a algunos no son ni en el mismo grado ni extensibles a la Izquierda”. (Marcuse, 1970: 105).

Lo que acaba de ocurrir en la Argentina confirma plenamente las tesis de Marcuse. Los medios monopólicos de comunicación, con el Grupo Clarín a la cabeza, lograron “envenenar” la mente y el espíritu de una gran parte de la población. A favor del bajo nivel de alfabetización política de una enorme parte de la población, consiguieron que su voto se volcara al peor de los candidatos posibles para los intereses populares, al representante de la derecha neoliberal más rancia, conservadora y virulenta. Esto nos señala el enorme poder de estos aparatos omnipresentes y omnipotentes de información y, principalmente, de desinformación[2].

Recordemos que esta reflexión de Herbert Marcuse es de las décadas de los sesenta-setenta del siglo pasado y que en estos últimos cincuenta años, los medios de comunicación sufrieron un proceso de tecnologización, ampliación y monopolización nunca antes visto. Hasta tal punto, que hoy conforman un aparato de enorme poder de influencia en la población y, por ende, capaz de ayudar a crear y mantener una opinión pública mucho más conservadora aun que la que señalaba Marcuse en su época.

Bibliografía

MARCUSE, H., (1969) Ensayo sobre la liberación. Buenos Aires: Editorial Gutiérrez.

MARCUSE, H., (1970) La sociedad carnívora. Buenos Aires: Galerna.

MARCUSE, H., (1972) El hombre unidimensional. Barcelona: Editorial Seix Barral.

  1. Y esto es sólo un aspecto de la manipulación y clientilización del electorado, porque el gobierno de Mauricio Macri se está apropiando en forma ilegal de los datos del Anses y la Afip, a los efectos de conocer los perfiles de los distintos sectores del electorado para llegar a ellos, no sólo con discursos y relatos, sino con dádivas concretas a la medida de sus necesidades.
  2. La instalación biopolítica de los valores del sistema capitalista en la población están favorecidos por dos condiciones: 1) El estado de colonización subjetiva de gran parte de la población y 2) El accionar manipulador de los medios de comunicación en su consolidada etapa de monopolio y hegemonía a nivel global y nacional.

José Luis Lens

Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación. Actualmente, Profesor Titular de la Cátedra de Educación Popular en la FCH-UNCPBA y Profesor Adjunto de Ciencias Políticas en la UBA-CBC.

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